21 enero 2012

El fin del mundo y la sangre de Navarra, Sancho III el Mayor

Según las viejas profecías, interpretadas por las corrientes New Age que tan de moda están en esta época de soledad y ausencia de interacciones sociales físicas, el mundo se acabará este año, 2012; aunque falta afinar mes y día. Es lo que tienen las noticias apocalípticas, de tan vagas que son no sería raro que acertaran, a fin de cuentas, ¿qué significa “acabarse el mundo”?

Mientras esperamos a vivir la definición exacta, vamos a volver la vista atrás a nuestro pasado; parece que de siempre hemos sentido cierta fascinación ante las fechas perfectas, con esto me refiero a lo evocador que suele resultar un cambio de siglo, o, incluso, de milenio, pasó en el 2000 y, aún antes, en el año 1000.

Ya entonces las ideas apocalípticas eran dueñas de la mente de las gentes de la época, y la verdad que no era para menos. Un viejo monje, Beato de Liébana fue el gran culpable de esta histeria, o, mejor dicho, se le hizo culpable por las modernas leyendas, tantas veces erróneas. Escribió Beato en el s. VIII su famosísimo Commentarium in Apocalypsin, una magnífica obra en la que gran parte del hilo conductor es precisamente el Apocalipsis, uno de los textos más místicos que podemos leer en la Biblia. Sostenía Beato que el fin del mundo estaría avecinándose, y sería bueno preparar el corazón de pastores y fieles para el advenimiento del Anticristo. 




En una época en la que leer era una aptitud reservada a los monásticos y ser dueño de un libro estaba reservado a los más pudientes, cuesta creer que las ideas de Beato fueran de dominio rústico, para esas pobres gentes el fin de su mundo era más probable que les llegara en una mala cosecha, en medio de una razzia mora que de los designios de Dios. No podemos olvidar, aunque nos cueste imaginar, que el calendario era algo reservado a la liturgia, a los altos cargos, ¿qué campesino podría siquiera saber que estaba viviendo en el año 1000 si no era porque se le había dicho?

Como siempre dice un amigo, “la mente medieval era estúpida, simple, y aun así nos cuesta ponernos en su piel”, y es cierto, ¿qué sucedió en el cambio de milenio?

La verdad es que Beato en algo tuvo razón, en la llegada del Anticristo, jamás los reinos cristianos de nuestra península se vieron tan al borde de su total desintegración como durante los años de Almanzor, caudillo del Califato de Córdoba e implacable con sus enemigos, sus años en el poder fueron realmente caos y destrucción para la obra de los reyes de León, años difíciles en los que las fronteras se desplazarían hacia el norte, los territorios fronterizos, arrasados, y sus habitantes, pasados a cuchillo o vendidos como esclavos en el mejor de los casos. La profecía parecía cumplirse, en 981 arrasa Zamora, en 985 Barcelona es destruida hasta los cimientos, en 987 Coímbra, símbolo de la Reconquista, es perdida por los cristianos, y, en 997, arrasa Compostela y la catedral construida por Alfonso III en el mayor golpe que pudo dar a la cristiandad. En 999 llegó hasta la misma Pamplona. Su nombre bien pudo despertar el terror de las gentes, ya ni en el norte estaban a salvo.

El papa Silvestre II se irguió hasta el altar mayor. La iglesia estaba a rebosar, y todos se habían arrodillado. El silencio era tan grande que se oía el roce de las mangas blancas del papa al moverse en torno al altar. Y hubo todavía otro ruido. Era un sonido que parecía medir los últimos minutos de los mil años de existencia de La Tierra desde la venida de Cristo. Resonaba en los oídos de los allí presentes como el latido en los oídos de quien tiene fiebre, con un ritmo sonoro, regular, incesante. La puerta de la sacristía estaba abierta, y lo que oían los asistentes era el tictac uniforme e ininterrumpido del gran reloj que colgaba dentro, con un latido por cada segundo que pasaba.
El papa era un hombre de férreo poder de voluntad, tranquilo y concentrado. Probablemente había dejado adrede la puerta abierta de la sacristía, para lograr el mayor efecto en ese gran momento. No se movía ni le temblaban las manos.
Se había dicho la misa de medianoche, y reinó un silencio mortal. Los presentes esperaban… El papa Silvestre no dijo una palabra. Parecía sumergido en la oración, con las manos elevadas al cielo. El reloj seguía su tictac. Un largo suspiro se elevó del pueblo, pero no pasó nada. Como niños con miedo a la oscuridad, todos los que estaban en la iglesia yacían con el rostro en el suelo, y no se atrevían a levantar la mirada. Un sudor de miedo cubría muchas frentes heladas, y las rodillas y los pies perdieron toda sensibilidad. Entonces, de repente, ¡el reloj cesó en su tictac!
Entre los asistentes empezó a formarse en muchas gargantas un grito de terror. Y, muertos de miedo, varios cuerpos cayeron pesadamente en el suelo frío de piedra. Entonces el reloj empezó a dar campanadas. Dio una, dos, tres, cuatro… Dio doce… La duodécima campanada resonó extinguiéndose en ecos, ¡y siguió reinando un silencio de muerte!
Entonces el papa Silvestre se volvió en torno, y con la orgullosa sonrisa de un vencedor, extendió las manos en bendición sobre las cabezas de los que llenaban la iglesia. Y en ese mismo momento todas las campanas de las torres empezaron un alegre y jubiloso repique, y desde la galería del órgano empezó a sonar un coro de gozosas voces, jóvenes y mayores, un poco inseguras al principio, quizá, pero haciéndose más claras y firmes por momentos. Cantaban Te Deum laudamus: “A ti, Dios, te alabamos”.
Todos los presentes unieron sus voces a las del coro. Pero pasó algún tiempo antes de que las espaldas en espasmo pudieran enderezarse, y la gente se recuperara del terrible espectáculo ofrecido por los que se habían muerto de miedo. Terminado de cantar el Te Deum, hombres y mujeres cayeron unos en brazos de otros, riendo y llorando e intercambiándose al beso de la paz. ¡Así terminó el año mil del nacimiento de Jesús!

Frederick H. Martens, en La Historia de la vida humana





Bonita historia aunque difícil que sucediera, en cualquier caso el año 1000 llegó, y con él Almanzor abandonó el mundo y los reinos del norte tuvieron la oportunidad de resurgir de las cenizas dejadas por el musulmán. Eran tiempos para que grandes hombres dirigieran nuestra historia, así lo hicieron unos jóvenes Alfonso V en León y Sancho III en Navarra. Sancho el Mayor, coronado rey de Navarra y conde de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza en 1004 concentró en su figura la vieja idea imperial de Hispania, pero su gran mérito sería favorecer la unificación del poder cristiano en una sola dirección, permitiendo su reorganización tras la destrucción sufrida a manos de Almanzor. Durante sus 31 años de reinado tuvo oportunidad de heredar gran parte de condados por derechos de sangre, concretamente, en 1028 su cuñado García Sánchez de Castilla fue asesinado en León adonde se dirigía a esposarse con Sancha, hija de Alfonso V, dado que su mujer era hermana de García, pasó a heredar también el condado de Castilla. La hija de Alfonso V fue entonces prometida a uno de los hijos de Sancho, llevando como dote el condado de Cea, frontera entre el Reino de León y el condado de Castilla. Ese mismo año muere también Alfonso V y su hijo y hermano de Sancha, Bermudo, quien por entonces contaba con 11 años pasa regir el destino del Reino de León, podría parecer el único que estaba fuera del control navarro, pero recordemos que su hermana, Sancha, estaba casada con uno de los hijos del Mayor, Fernando, que en una desgraciada carambola de sucesos será coronado Rey de León.

No es de extrañar que en la documentación de la época Sancho aparezca como Rex Ibericus, y Sancio rege Navarriae Hispaniarum, una figura que fue nexo entre reinos y condados tantas veces enfrentados y bajo la cual, sorprendentemente, apenas hubo enfrentamientos militares entre los territorios cristianos, algo que había llegado a ser tan frecuente en el pasado siglo, llegando incluso a aliarse con los musulmanes para atacar los condados vecinos.


Moneda asignada a Sancho III el Mayor por Heiss, leyenda IMPERATOR y acuñada en "Naiara" (Nájera) y expuesta en el MAN; actualmente se asigna a un reinado posterior.


Desde luego, el nuevo milenio no pintaba mal con reyes así, desgraciadamente a la muerte de Sancho III en 1035 los enfrentamientos volvieron a sucederse, pero el mapa había cambiado para todos, eran más fuertes, estaban mejor organizados, la nobleza había perdido su fuerza y los musulmanes estaban divididos en numerosas Taifas; el nuevo milenio traía aires de guerra, sí, pero el fin del mundo estaba un poco más lejos gracias a Sancho III.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Volvemos a disfrutar en el 2012 de tus relatos,lo cual me supone una alegria.Preciosa moneda,como otras similares,con el reverso que muestra la leyenda entre un arbol finalizado en cruz.Saludos Veradia.

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