22 mayo 2011

Duros a cuatro pesetas

La entrada de hoy está basada en un interesante artículo enviado por J. Colino para este blog; a quien le agradezco tanto que me lo haya enviado como el permitirme toda la libertad de adaptación del texto original por él redactado del que aparece una parte entrecomillada íntegramente redactada por su persona y que me ha parecido muy interesante destacar por su Memoria Histórica.


Peseta de Alfonso XIII 1904*19-04; últimas acuñadas en plata aunque durante el gobierno de la II República se empleó el mismo módulo de 23mm, 5g y Ag 835‰ en una última emisión.

En España era una solución tan vieja como la patria que se arrastrara el circulante de los gobernantes anteriores; no era extraño encontrar pesetas del padre de Alfonso XIII, de Amadeo o del Sexenio Revolucionario; incluso los antiguos nominales de Isabel II podían encontrarse en la cartera de cualquier español del primer cuarto de s. XX.  Empero la sociedad española había cambiado profundamente tras la pérdida definitiva de los territorios de ultramar y la sangría que suponía mantener su presencia en Marruecos; la moneda de plata, antaño presente en todo nominal, era imposible de mantener en circulación en aquellos valores más pequeños y fue recogida y acaparada por la población en un fenómeno muy conocido ya por otras entradas del blog y descrito por la famosa Ley de Gresham.

Las intenciones desde inicio tras la proclamación de la II República estuvieron en solventar esta precaria situación, aprovechando el momento para retirar todo el viejo circulante en un movimiento de búsqueda de frescura y modernidad del nuevo régimen, a la vez que una ruptura definitiva con la monarquía. Lamentablemente de los buenos propósitos a los hechos distó mucho camino y años, antes de materializar la elaboración de una serie de pesetas con simbología republicana; a fechas del estallido de la guerra civil solamente se lograra acompañar a la peseta de plata de 1933 con una moneda fraccionaria de 25 céntimos, fabricada en cuproníquel. Intenciones de elaborar otras monedas como los famosos duros de plata, en simbología republicana, fueron, simplemente, quimeras y sueños que jamás fueron más allá de meras ilusiones.
Esta parálisis en la circulación de la plata tuvo un efecto drástico en la economía diaria durante buena parte del s. XX. La falta de circulante fraccionario hacía totalmente imposible acciones tan aparentemente simples como dar el cambio en las compras diarias o en los desplazamientos en tranvía o autobús. Esta situación fue rápidamente vista como una oportunidad de oro para el negocio, para vender Duros a cuatro pesetas, como tan bien ha nombrado Javier a su artículo original.

Imágenes extractas del artículo de La Crónica (Año V; nº 194 (30/6/1933) sobre las que J. Colino ha desarrollado su artículo Duros a cuatro pesetas que muy amablemente me ha enviado para su publicación en este blog.

Aprovechando la escasa pero ligera fortaleza de la peseta frente a otras monedas europeas más afectadas por la Gran Guerra (ver entrada La Unión Monetaria Latina para más detalles sobre la fortaleza internacional de la peseta) era posible comprar en el extranjero cartuchos de 50 monedas de 10 céntimos (5 unidades de la moneda extranjera, un duro) a 2,30 o 2,40pts para posteriormente revenderlos a los comercios a 4pts, la ganancia estaba asegurada y se solucionaba el problema de falta de fraccionario de una forma bastante inteligente.

Siempre me gustaron las monedas y mi padre tenía algunas, pero empecé a coleccionar por mi cuenta hacia 1968.
Entonces había unos cuantos anticuarios y chamarileros que visitaba, a ver si encontraba algo barato y bueno. Siempre he sido muy optimista.
Bien, pues todos tenían una fuente o una artesa con monedas de cobre de países de nuestro entorno o incluso a veces más exóticos, mezcladas con las monedas españolas de la época o incluso más antiguas y allí siempre encontrabas alguna pieza de interés.
Además  los amigos, parientes y conocidos a los que contabas tus aficiones numismáticas, no era raro que te dieran o enseñaran una cajita o una bolsa con monedas del mismo estilo.
Incluso alguno me contó que se las había comprado su abuelo al párroco de su pueblo, que las tenía procedentes de las colectas y cepillos.
Coleccionistas más antiguos me dijeron que habían comenzado a coleccionar de chicos con las monedas del cambio.”
 
Recuerda Javier sobre esa explosión de calderilla extranjera en España, ratificando sus impresiones gracias a un viejo recorte de periódico que llegó a sus manos y que ha sido el que ha dado pie a esta entrada de hoy.



Aprovecho la ocasión para recordar que si alguien quiere subir una entrada que podría encajar en Hnumisma tiene a su total disposición el espacio. También me gustaría dar, de nuevo, las gracias a Javier por enviarme su artículo, próximamente espero publicar otro que para mí es aún más interesante por lo curioso gracias a su desinteresada colaboración.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Bonita entrada.Retrata bien los aspectos monetarios del primer tercio del siglo pasado en España.Siempre me ha sorprendido la repetida circulación de moneda extranjera en nuestro país.Saludos.Veradia.

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